ME MUDO A
ESTA NUEVA DIRECCIÓN
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Está bien, lo confesaré: la causa principal del bajo rendimiento de esta bitácora en los últimos tiempos, una vez superada la excusa de las reformas caseras, es el chino. Me refiero al idioma, al idioma chino, claro. No quiero ni un chiste malo. Como ya he apuntado (¿lo hice?) en algún comentario anterior, me voy a la China. Un mes. A recorrer fundamentalmente el norte-centro del país y un poco el sur de Shangai. En principio pensé apañarme con el pedestre inglés de viajar que poseo (yo soy de francés, como todos los antiguos), pero como no podía ser menos decidí aprender algunas palabras, fundamentalmente de cortesía, para no hacer solamente el oso en aquel gran país. Después de sumergirme en la abismal guía Lonely Planet, que contiene un pequeño manualito de primeros auxilios lingüísticos, me decidí a comprar una guía de conversación más completita. Nada más ver ésta me dije ¡es la mía!, dada la maravillosa promesa incluida en su título.
Mientras volvía a casa con ella bien apretadita bajo el brazo, la lechera que habita en cada iluso me iba susurrando: calculando que te quedan 20 días para irte, te sobrarán aún 5 días para los últimos ajustes léxico-gramaticales. Con eso y la primera semana de práctica con los nativos (fundamentalmente camareros y vendedores de playeras) yo calculo que a mediados de mes estarás en condiciones de discutir fluidamente con los estudiantes sentados en la escalinata de la Universidad de Hangzhou acerca de la fuerza escénica contenida en las metáforas pictográficas de los poetas de la dinastía Tang, Wang Wei y Li Po, fundamentalmente, en perfecto mandarín. Como todo el mundo sabe, esa es una de mis más soñadas metas en esta vida. El problema, claro, era la pronunciación. En la guía vienen utilísimas frases tipo: ¿podría arreglarme el piñón del cigüeñal de mi automóvil en el menor tiempo posible? (Duo shang chí jian néng xiu hao qu zhou zhou chéng shao chi lung?) en caracteres pictográficos y en pinyin, la transcripción oficial a los caracteres occidentales de los mismos. Aunque también trae una tabla comparativa de pronunciación, es indispensable servirse del oído para poder imitar exactamente los sonidos. Sobre todo en los idiomas tonales. Porque eso es lo jodido. El chino es un idioma tonal. Quiere decir (y disculpa si presupongo tu supina ignorancia) que dependiendo del tono que se le imprima a las vocales de una palabra, significa una cosa u otra. Por eso son todo monosílabos. Hay cuatro tonos y las grafías de las palabras en pinyin se repiten, siendo el tono el que proporciona el significado. El tono viene marcado por el tipo de tildes que lleva, tildes que no poseo en este teclado y no puedo reproducir. Baste saber que una misma sílaba con distinta entonación puede significar cosas tan similares semánticamente como diana, arrancar, ocho y papá. Pa mearse y no echar gota. Pero ya estoy picado. Con las lenguas me pasa como a mi amigo Juan Sepelio con las mujeres: cuantas más calabazas le dan más se arrastra ante ellas suplicando comprensión. Es nuestro error común: la comprensión, evidentemente, la tenemos que poner nosotros.
Cuando se cuenta esto de las lenguas tonales todos los hablantes de lenguas sonoras se horrorizan, pero yo siempre he dicho que para lengua tonal el inglés, que también funciona fundamentalmente con monosílabos y con sílabas largas, cortas, abiertas, cerradas, boquita de piñón, boquita fofa, etc.
¿Alguien conoce un idioma en el que haga falta tanto deletrear? Con todo, la descripción más hilarante del funcionamiento de las lenguas tonales la hace Nigel Barley en su desmitificador, descacharrante e imprescindible El antropólogo inocente. Después de pasarse algunos meses con los primitivos dowayos del norte de Camerún y tratar de aprender su lengua tonal para ganarse su confianza se decide a usarla vigilado por su joven intérprete francoparlante. Así, intenta despedirse del jefe de la tribu diciéndole: bueno, me voy a cocinar a mi choza y ante la cara de estupefacción del mismo el horrorizado niño le explica que en realidad lo que le ha dicho es: me voy a fornicar con el herrero. Ante la posibilidad de incurrir en un desliz semejante en el país del yin y el yan me dan ganas de abandonar mi pretensión didáctica y aprovechar el tiempo leyendo de una vez La Montaña Mágica como acaba de hacer Savater, ahí, con dos pares. Y seguir sus pasos de bilingüe franco-hispano estricto, poco amigo de dispersiones idiomáticas. Pero yo tengo menos voluntad que el filósofo hipodromomano y el veneno de Fu Man Chú ya corre por mis venas. Así que, aconsejado por mi amigo Juan Sepelio y sobre todo inspirado por David Bravo me he bajado de la red un supercurso de chino consistente en 100 horas de archivos sonoros en el que de una manera eficacísima te van enseñando a pronunciar y a combinar las endiabladas sílabas mandarinas. Desde luego puedo decir que llevando sólo una semana con él podrían soltarme en el centro de China y no moriría de hambre. Con dinero, claro. Y no vale gesticular, que así, cualquiera. Eso sí, si se me rompe el piñón del cigüeñal la he cagao. Lo que he descubierto es que no es tan difícil. Sólo hay que aprender a imitar cada tono. Los que tenemos buen oído para la música no debemos tener muchas dificultades: es como si tararearas una canción. Eso sí: te tienes que acordar dónde toca ta, dónde la, dónde tra y dónde ra. Y el tipo que va traduciendo y hablando de los tonos en el curso (en inglés, por supuesto), aparte de tener una voz preciosa, cuenta con una paciencia infinita. Media hora para enseñarte las escasas variantes de querer-no querer / beber-comer / ahora-después. Ni los teleñecos. Se van alternando una hablante china y un hablante chino, con lo que la variedad es muy de agradecer. Bueno, no sé en qué acabará todo esto. Por ahora me estoy divirtiendo y si no estoy ahora mismo con los auriculares machacando vocabulario es por haceros partícipes, a vosotros, desagradecidos visitantes, de mi gozo.
Mañana sigo.